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miércoles, 3 de noviembre de 2010

Quién pagará nuestra larga vida


La tensión entre esperanza de vida creciente, baja natalidad y dificultades para idear sistemas de seguridad social sustentables explica los debates recientes acerca de la jubilación. Aquí, más miradas para pensar el tema.


EN EL PROXIMO SIGLO, se trabajará después de los 65 años porque la sociedad necesitará esos recursos, afirman los expertos.

Cada 9 de septiembre se realiza en China la Fiesta Chongyang, el Día de los Ancianos. En el último, el de 2010, se dio a conocer la lista de los 10 ciudadanos más longevos de ese país que fue encabezada por Luo Meizhen, una anciana del suroeste del país que acaba de celebrar sus 125 años. Una mujer que cruzó tres siglos.
Probablemente sea el ser humano más viejo, anciano del mundo. Tal vez. Siempre puede aparecer alguien mayor en algún pueblo japonés, o en algún pueblo o aldea perdida del mundo siempre conocido. La prolongación del límite de la vida ha sido una meta trazada por la medicina y que hoy, en gran parte del mundo, está alcanzando ese objetivo. Que las personas puedan vivir cada vez más de lo que se había pensado tiempo atrás es una tendencia presentada, en general, como un motivo de celebración. En el Primer Mundo, occidental, industrializado, una de cada 6 mil personas llega a vivir hasta los 100 años; y una de cada 7 millones alcanza los 110 años.
La gerontología (viene de geronto , anciano y logos , estudio) es el área de conocimiento que estudia la vejez y el envejecimiento de una población y la promoción de la salud. Esta rama ha demostrado que el estilo de vida que una persona lleva es fundamental para alargar la vida. Suelen citar a menudo el caso de los adventistas estadounidenses que alcanzaron una esperanza de vida de 88 años, 8 por encima del promedio del ciudadano medio. Esto se debe, se supone, a la prohibición religiosa de tomar alcohol y fumar que impone el grupo.
El tema de la longevidad cobra interés particular en la actualidad. En Francia, por ejemplo, se han desatado multitudinarias protestas en todo el país contra la extensión de la edad jubilatoria. El parlamento francés aprobó llevar de 60 a 62 años la jubilación voluntaria y de 65 a 67 la obligatoria. En la Argentina, el Poder Ejecutivo vetó la ley surgida del Congreso que llevaba la jubilación al 82%, una demanda histórica. Para los franceses, el crecimiento de la población va a contramarcha del bajo nivel de nacimientos, por lo que el gobierno argumenta que habrá cada vez menos trabajadores y más jubilados a los que “mantener”. En nuestro país, el gobierno sostiene que el Estado no puede solventar económicamente este aumento, dado que crece constantemente la planta de jubilados. ¿Qué pasaría entonces, si el gremio de la construcción lograra que se bajara a 55 años la edad jubilatoria de sus afiliados...? Las problemáticas afloran. Según el Pami, ya hay 2.892 mayores de 100 años, un 56% más que en 2001 cuando existían 1.855. De ellos, el 79% son mujeres. Según el último censo, la población de más de 80 años supera el millón de habitantes. Todas estas cifras alimentan la idea de que vivir más es algo real, que las posibilidades están al alcance de la mano y que sólo es una decisión personal. La publicidad, la televisión, cierto cine y literatura acercan un mundo posible y feliz para las personas que elevan el promedio de vida. Hay un mundo nuevo por vivir después de la jubilación, se escucha decir, donde también el goce sexual forma parte de la promesa del cambio de vida.
Sin embargo, más allá de las buenas intenciones y deseos hay otro mundo que no ha sido preparado ni construido para los mayores (tampoco para los más chicos como siempre lo ha señalado el pedagogo italiano Francesco Tonucci). Tanto desde el mundo de las oportunidades laborales, de la formación, las amorosas hasta los espacios públicos donde sólo se ponen bancos para que los mayores se sienten y rampas para personas que necesitan sillas de ruedas para movilizarse, las posibilidades para el bienestar del grupo de la llamada Tercera Edad todavía son escasas.
Alberto Edgardo Barbieri, decano de la Facultad Ciencias Económicas de la UBA, se encuentra estudiando esta problemática y plantea lo siguiente: “La sociedad del conocimiento que vivimos, los cambios tecnológicos, la medicina aplicada que se desarrolla tienen una velocidad mayor que el ritmo de las ciencias sociales, la cultura, las relaciones humanas que no logran adaptar esos cambios a la vida cotidiana a la misma velocidad”. La estructura global no está preparada para un aumento de la población que vendría por el lado menos pensado. Si bien se ha afirmado que el índice de natalidad está por debajo de las expectativas, no se esperaba que la humanidad creciera en el extremo de la pirámide donde se aloja la población de mayor edad. Y agrega Barbieri: “La inviabilidad del desarrollo continuo, el desempleo, el desequilibrio entre la cantidad de aportantes activos y la cantidad de beneficiarios, impulsa una limitación de las prestaciones para mantener los servicios básicos. En el caso de la longevidad estudiamos cómo hacer para que los sistemas que hacen a la administración de los recursos escasos contemplen esta nueva realidad que va a cambiar el mundo en los próximos 100 años: gente que era dejada de lado en el pensamiento, en el trabajo se va a incorporar al sistema. Hoy un hombre de 65 está muy activo en el pensamiento, en el trabajo y la sociedad necesita de esos recursos para usar en forma activa”.
Hay quienes consideran a los ancianos como un grupo desplazado del centro de interés de la sociedad. Parias, como los llamaría Zygmunt Bauman. Dentro del mapa de los marginados, a los ancianos ya les ha sido designado un lugar. Escribe el intelectual búlgaro Tzvetan Todorov en La vida en común : “La vejez es una disminución no sólo de las fuerzas vitales, sino también de la existencia. Su causa primera es el aumento de la soledad. ‘Yo comencé la muerte por soledad’, escribe Víctor Hugo: la existencia puede morir antes de que la vida se apague. El ser social del anciano es progresivamente ‘desconectado’ de las diferentes redes en las que participaba; el tedio se vuelve la experiencia principal de su vida. Los distribuidores habituales de reconocimiento desaparecen uno a uno (es la selección natural), y aquellos que los reemplazan –‘las nuevas generaciones’– no sienten ya ningún interés por él y además no le interesan (es la selección voluntaria). Ellos no necesitan al anciano ni él a ellos, cuando todavía la pulsión de existir se mantiene”.
El periodista francés François de Closets escribió con tres colegas Una vida extra, un libro donde se contraponen las dos caras de la longevidad: “un privilegio individual, una bomba colectiva”. De Closets pone el acento sobre cómo el mundo laboral torna anciana a su población antes del tiempo establecido y cómo expulsa del trabajo a los mayores: “un empleado no tiene derecho a formación permanente a partir de los 45 años. El currículo de alguien que solicita empleo y tiene más de cincuenta años se tira a la basura y no se lee. La entrada en el mercado del trabajo es más y más tardía a causa de los estudios universitarios, y la salida más y más temprana”. Los círculos se achican y generan en los ancianos nuevas formas de guetos de excluidos.
El intento por desplazar a los ancianos del centro social, de los focos mediáticos, de hacerlos invisibles se relaciona con cierta negación de la posibilidad concreta de la muerte. El sociólogo Norbert Elías decía que hay una “soledad del moribundo”, es decir, del anciano, que es específicamente moderna, “tenemos miedo a la muerte, por lo tanto también a todo lo que nos hace pensar en ella”. A su vez, Todorov profundiza: “Preferimos alejar de nuestra mirada a aquellos que nos la recuerdan demasiado. Se encierra a los ancianos en asilos, donde no ven más que a otros ancianos y así nos desembarazamos de ese espectáculo inconveniente; pero en esos lugares ellos sólo obtienen un mínimo sentimiento de existencia porque frecuentan no a aquellos con los que contaron durante toda su vida sino a desconocidos, que además se les asemejan y que por lo tanto son inútiles. Una pluralidad de soledades no crea una sociedad. El paso siguiente es el hospital, donde actualmente muere la mayoría de las personas de edad: allí cuidan sus órganos, no su ser; se busca prolongar su vida, no su existencia. Los ancianos mueren solos: la existencia los ha abandonado antes que la vida”.
Todorov pone la atención sobre una consecuencia fundamental de esta situación celebratoria de la extensión de la vida. Se alarga la vida de los cuerpos, no su existencia.
El filósofo y fundador del semanario francés Le Nouvel Observateur, André Gorz, con profundo escepticismo a la situación de la vejez, escribió: “El envejecimiento sería mi adiós a la adolescencia, mi renuncia a lo que Deleuze y Guattari llamarían ‘la ilimitación del deseo’ y que Georges Bataille llamaba ‘la omnitud de lo posible’ a la que sólo se acerca uno mediante el rechazo indefinido de cualquier determinación: la voluntad de no ser Nada se confunde con la de ser Todo”. Al final de su libro El envejecimiento se encuentra esta exhortación: “Hay que aceptar ser finito: estar aquí y en ninguna otra parte, hacer esto y no otra cosa, ahora y no nunca o siempre, tener únicamente esta vida”. En el año 2002, Gorz se suicidó junto con su esposa, que desde hacía años sufría de cáncer. Sus cuerpos aparecieron en su casa de Vosnon, un pueblo cerca de Troyes, la ciudad donde vivían desde 1990. Tenía 84 años.
De algún modo, el extender la posibilidad de seguir vivo, es ilusionarse con volver a la juventud, a tener una vida activa en el período pasivo de la vida. Allí, el escritor catalán Enrique Vila-Matas dice: “Lo ideal es sentirse cómodo y bien acoplado con la edad que tiene uno. Sentirse cómodo, he ahí un buen ideal. Creo que era Flaubert que decía que hay que poner el corazón en el arte, el ingenio en las relaciones con la gente, el cuerpo allí donde se encuentre a gusto, el monedero en el bolsillo, y la esperanza en ninguna parte. Esperar a volver a ser joven es como poner el cuerpo donde no se encuentra a gusto”.



Por Hector Pavon para Revista Ñ







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